jueves, 3 de mayo de 2012

Siguen matando periodistas en México


Hoy me llegó este mail colectivo de mi amiga y colega Cecilia González. Cuenta que hoy mataron a dos periodistas más en México. Días atrás ya habían matado a una colega, Regina Martínez, corresponsal en Veracruz de Proceso, una revista para la que casualmente escribo. Y días atrás de esos días, habían matado a otros: a muchos más. La situación es angustiante y gravísima. Los periodistas tienen miedo de hacer su trabajo porque los matan. No queda claro qué hacer. Por lo pronto difundo y pido que difundan de todas las formas posibles.

Esto es lo que escribió Cecilia:

"Amigos queridos, les escribo porque hoy mataron a dos periodistas más en México (y están tratando de identificar a otros dos cuerpos, que parece también son de periodistas) y las organizaciones de los amigos de allá están declarándose en emergencia. La verdad es que no sabemos muy bien qué hacer, lo único que se nos ocurrió hoy fue armar una red y pedir apoyo internacional para que en los medios de otros países salgan más notas sobre los asesinatos de los periodistas. Está todo bien feo, porque todavía no nos reponíamos de la muerte de una compañera en Veracruz, y ahora esto.

Bueno, pues eso, si a alguno de ustedes les interesa el tema y creen que pueden escribir algo en algún medio de Argentina (lo que queremos es que haya más presión internacional) avisen y les paso coordenadas de los compañeros que están en México apoyando toda la movilización, o si saben de otros periodistas que podrían estar interesados en manejar el tema en sus medios, pues por fis nomás reenvíenle este correo.

Les agradezco muchisisisisimo el apoyo que nos puedan dar.

PD. Acá va el correo que estamos manejando desde Periodistas de a Pie, que es una de las organizaciones mexicanas que más está haciendo por la protección de los periodistas. Muchos de ustedes conocen a Marcela Turati, que es la que cuenta más o menos cómo está de grave la situación.

Dice Marcela:

Estimados todos,

Como ya saben, el sábado fue encontrada sin vida nuestra compañera Regina Martínez, corresponsal de la revista Proceso en Veracruz, una mujer honesta, valiente, investigadora nata que murió asesinada. Hoy se confirma que dos fotoperiodistas que ayer desaparecieron hoy fueron encontrados asesinados. (Unas notas hablan de que son más, que también fue asesinado un reportero y su esposa)
http://www.excelsior.com.mx/index.php?m=nota&id_nota=831376&seccion=seccion-nacional&cat=1

A la Red de Periodistas de a Pie ya llegaron mensajes de colegas de ese estado preguntando si podemos conseguirles atención psicológica; igualito ocurrió el año pasado cuando iban 3 asesinatos. También ya comenzó a registrarse que algunos periodistas por miedo han optado por huir.

La situación es gravísima en Veracruz y necesitamos pensarle qué podemos hacer.

Por lo pronto les mando un documento que la Red realizó el año pasado que contiene testimonios de 5 periodistas de ese estado que, bajo el anonimato, comenzaban a alertar lo que se estaba viviendo. Trataremos de actualizarlo esta semana con nueva información, nuevos testimonios aunque es dificilísimo entablar contacto con los colegas porque están muy asustados.

El escrito puede ser divulgado o usado como material de apoyo. A los asesinatos que en ese momento mencionábamos hay que agregarle entonces más asesinados.

Saludos,
Marcela

Los riesgos de informar en Veracruz/Testimonios de 5 periodistas*

 Como en otros estados del país, en Veracruz informar sobre la violencia y el crimen organizado se ha vuelto una amenaza, un riesgo para la vida de los reporteros.
Este año tres periodistas fueron desaparecidos --Daniel Flores Guillén, Manuel Gabriel Fonseca Hernández, Evaristo Ortega Zarate-- y otros tres asesinados --Noel López Olguín, Yolanda Ordaz de la Cruz, Miguel López Velasco junto con su hijo Misael y su esposa Agustina. Además, las instalaciones del diario El Buen Tono, en Córdoba, fueron incendiadas y dos tuiteros encarcelados durante un mes, aproximadamente, acusados de terrorismo.

El periodismo veracruzano vive una de sus peores crisis y la censura se ha convertido en el único “mecanismo de seguridad” personal, ante la falta de protección de autoridades, directivos y dueños de los medios.

Los siguientes testimonios, anónimos por razones de seguridad, son reflejo de la situación que enfrentan los periodistas en aquel estado, y que las autoridades quieren ocultar a través de boletines que niegan una realidad de violencia y muerte diarias para los veracruzanos.
 

I. Puerto: Los periodistas en Veracruz estamos enfrentado una situación de temor, inseguridad, falta de mecanismos para hacer nuestro trabajo, cerrazón del gobierno, hostigamiento de las autoridades, presiones de los jefes e incertidumbre por no saber dónde está el enemigo.
A raíz del asesinato de la periodista de Notiver --Yolanda Ordaz, el 26 de julio del 2011--, 10 compañeros de la fuente policiaca huyeron del estado. Así que ahora somos periodistas de política o de temas sociales quienes cubrimos la nota roja. Pero por el miedo los compañeros ya no salen a la calle a cubrir la nota policiaca y las páginas se llenan con boletines de las autoridades.
Otra complicación que tenemos es la falta de información oficial. Hay autoridades que de plano te dicen “si quieres te digo qué paso pero, por favor, no me cites, me metes en pedos”. ¿Qué puedes hacer? Es mejor algo extraoficial a no informar nada.
Ahora el reto para nosotros es tan sólo saber cuántas personas son ejecutadas al día. El día de la nota de los 14 muertos, que se publicó en la prensa nacional (Xalapa, 14 enero 2011), después el gobernador desmintió, no había fuente oficial. A mí me consta de 11 muertos, pero no hubo manera oficial de comprobarlo.
Luego sucedió lo de los 35 cuerpos (Boca del Río, 21 septiembre), y a mí me tocó tomar fotografías, habíamos pocos medios, dos, acaso. Tuve que compartirles las fotos a los medios y agencias nacionales e internacionales.

 
II. Veracruz: La psicosis se ha apoderado del periodismo en Veracruz. Fue en junio, desde que asesinaron al periodista Miguel Ángel López Velasco –conocido como Milo Vela-- y a la reportera Yolanda Ordaz (a él en su propia casa y el cuerpo de ella lo abandonaron frente a las instalaciones del periódico Imagen), cuando veo que empezó este miedo.
Desde entonces, los compañeros tanto de la fuente policiaca como de información general no quieren cubrir ni siquiera las protestas que jóvenes estudiantes de la Universidad Veracruzana realizaron para condenar el asesinato del catedrático José Luis Martínez Aguilar.
Luego de la muerte de Milo Vela y Yolanda reinó un caos. La amenaza al gremio se sintió real, cercana.
La fuga de aquellos que cubrían la fuente policiaca fue casi tan rápida como llena de rumores. Ante el éxodo masivo de reporteros policiacos, las mesas de redacción se quedaron con el problema de cómo llenar esa sección por muchos leída, pero que ahora no tenía a nadie que se atreviera a escribirla.
Además, el nuevo gobierno estableció la política de censura “sutil”, la cual significa que, casi inmediatamente de subir una nota que hable sobre la violencia en el estado, los medios reciben una llamada de parte de Comunicación Social pidiendo que la eliminen o que sólo dejen el boletín de prensa publicado.
Estos factores hicieron que, los que se animaron a publicar algo sobre delincuencia organizada, buscaran en las redes sociales, sobre todo en Twitter con el “hashtag” #Verfollow, su mejor fuente y en los boletines de prensa los rellenos para la nota.
Nadie sale a informar desde aquel 26 de julio, día en que se encontró el cuerpo decapitado de Yolanda Ordaz. De por sí el compromiso por buscar un buen reportaje en Veracruz se mantenía de bajo perfil. La investigación y el quehacer periodístico han quedado en segundo plano.

 
III. Xalapa. La situación para el periodismo en Veracruz ahora es la peor de la que he vivido en los últimos diez años. Con los gobiernos de Patricio Chirinos y Miguel Ángel Yunes había mucha represión, persecuciones, amenazas de desalojo a periódicos, presiones a los reporteros. Algo parecido ocurrió en el gobierno de Fidel Herrera, quien controlaba a la prensa con regalos como camionetas de lujo, casas, dinero, el pago de colegiaturas de los hijos de los reporteros o columnistas. Pero ahora se vive con miedo y terror.
Ahora la situación es completamente represiva con el gobierno de Javier Duarte, es directa contra toda la prensa, contra directivos y reporteros. Como el gobierno no da dinero, está censurando a periódicos, paginas de internet, columnistas y periodistas. A los periodistas incómodos los están corriendo de sus medios.
En medio de la violencia, en este gobierno han sido asesinados 3 reporteros: Miguel López Velasco (subdirector de Notiver) Yolanda Ordaz (reportera de Notiver) Leonel López (del Diario Noticias en Acayucan). El clima es más complicado, la prensa veracruzana vive sus momentos más difíciles, de represión, desapariciones, asesinatos, amenazas de muerte, despidos y censura.
El clima de terror en el medio periodístico es en todo Veracruz, no sólo en Xalapa o el puerto. La autocensura se ha extendido a raíz de los asesinatos, hay pánico en los reporteros y fotógrafos que ya no salen a cubrir accidentes o las notas policiacas.
A los fotógrafos, la misma policía les ordena desaparecer imágenes. “Qué hacemos, tenemos familia, por eso lo aceptamos”, dicen los compañeros. Otros reporteros tienen amenazas de secuestro.
Ahora yo vivo el peor clima de terror, cierro con llave toda la casa, no duermo y salgo a la calle viendo a un lado y otro para ver si no hay peligro.

 
IV. Veracruz: Imaginen que un día, de pronto, descubren que el periodismo se sumerge en un mar de versiones oficiales y se convierte en la más grande oficina de Comunicación Social del estado. Que en los periódicos la declaracionitis abunda y que muchos colegas ya no reportean por temor a ser despedidos. Los pactos millonarios entre empresas informativas –ya no periódicos-- y el gobierno se multiplican a tal grado que cualquier funcionario, cualquiera, llama para que te jalen las orejas, ya sea por una pregunta abrupta o por el simple hecho de que te quieren joder.
En Veracruz ya había crimen organizado, balaceras, extorsiones, pero ¿cómo desnudarlos si los que se supone deberían hacerlo ya estaban cooptados?
Ahora, con el gobierno de Javier Duarte ya casi nadie quiere la fuente policiaca, que porque está “muy feo”. A un reportero del Órale, suplemento estilo notiveriano (de Notiver) del Imagen, por escribir sobre un asesinato y publicarlo, lo levantaron (secuestraron) unos días. El director editorial nunca dio su nombre y tampoco explicó el por qué a fondo. Esto fue por marzo, si no mal recuerdo.
Un experimentado ex reportero de XEU me comentó que una vez fue levantado por el Zeta 40, pues estaba tratando de pedirles favores a algunos periodistas. Como él ya no trabajaba, no le entró, a diferencia de unos reporteros de policiaca que sí empezaron a recibir favores.
Hay que tener algo bien claro: en Veracruz, un reportero gana a lo mucho seis mil pesos al mes. Un profesor me dijo: “Los dueños de los diarios, están casados con la idea de que tú puedes sobrevivir pidiendo dinero o favores a políticos”.
Como freelance, regularmente no acudo al lugar de los hechos, porque no me siento seguro de ir. Nadie te garantiza que puedas salir vivo. No tienes garantías para ejercer tu trabajo. No sabes quién puede ponerte el dedo. Un policía, un funcionario, una oreja –personas contratadas por el gobierno para ver qué reportero hace cuestionamientos “indebidos”--, incluso los mismos reporteros te ponen el dedo, también.
En Veracruz ya no hay reporteros de policiaca. Ahora todos los periódicos retoman la versión oficial, comunicados del Ejército o la Marina, o sin crédito. Cuando Notiver dejó de informar de las balaceras, los ciudadanos empezaron a crear sus propias redes. Entre ellas Balaceras Veracruz, Reportes de Veracruz, páginas en Facebook y cuentas como @balacerasver en Twitter.
El problema con estas páginas es que muchas veces los ciudadanos reportaban cosas que no pasaban, informaban con datos de tercera mano.
Dice un colega: “Todo está muy mal, todos te ponen, hasta los mismos compañeros”. Entonces, la desconfianza aflora, ya no sabes en quién confiar.

 
V. Acayucan: Desde agosto los reporteros de Acayucan trabajamos de manera cautelosa porque hay temor, miedo, de todos los periodistas que estamos acá. No esperábamos tanta violencia. Ahora, a cualquier hora, puedes estar en una esquina y ves que se llevan a la gente. Así nomás, la suben a camionetas y se van.
Al rato, cuando llegamos a nuestras redacciones a escribir la noticia te llaman para decirte que no publiques nada, que no te metas porque si lo haces te va a ir mal. No sé cómo le hacen, pero consiguen tu teléfono, incluso el celular, para localizarte.
El problema es que a veces nuestros jefes nos piden las notas y nos presionan para que las escribamos. No quieren entender el peligro, piensan que a lo mejor ya recibiste dinero del narco, pero creo que con lo que pasó con el asesinato de Leonel López, del Diario Noticias en Acayucan, las cosas van a cambiar.
La verdad es que ya bajó mucho el perfil de las noticias, ya no se publican tantas de “nota roja”. Es que hay mucho temor entre los reporteros porque ya no puedes andar tranquilo para salir, ya no puedes ir por una nota, y a veces ya no van a los actos porque les llaman los narcos para que no vayan.
Esto no es sólo en Acayucan, donde ya hay retenes militares en todas las carreteras, el miedo de los reporteros está en todo Veracruz.

*COMPILACIÓN DE TESTIMONIOS: PERIODISTAS DE A PIE

lunes, 23 de abril de 2012

Durmiendo en el hotel de los Kirchner*


De otro modo. El Calafate podría llamarse de otro modo. Si es por la abundancia (el nombre del pueblo alude a la profusión del calafate: un arbusto de frutos violáceos que crece en cada rincón de la comarca) lo cierto es que en la zona hay otras cosas que también abundan. El viento, por ejemplo: el viento es una sordina eterna que recorre las calles (y entonces El Calafate podría llamarse Pueblo Viento). El hielo, por ejemplo: El Calafate está a 78 kilómetros del Parque Nacional Los Glaciares y es considerada la mejor puerta de entrada al Frío mayúsculo (y entonces El Calafate podría llamarse Pueblo Hielo). Y las propiedades de los Kirchner, por ejemplo: una infinidad de hoteles, restaurantes, inmobiliarias, terrenos y emprendimientos civiles que crecen con la naturalidad de las plantas silvestres (y entonces El Calafate podría llamarse Pueblo Kirchner).

 De otro modo. Acá, en El Calafate, todo podría ser de otro modo. Este podría ser un pueblo modesto –el mínimo acceso a la inmensidad de los glaciares-, pero la llegada del matrimonio Kirchner al poder –en el año 2003, con la asunción de Néstor Kirchner- lo transformó en bastante más que eso. De 7 mil habitantes pasaron a 20 mil –un número que sigue siendo exiguo, pero supone un aumento demográfico de casi un 300 por ciento en menos de una década-; de la tierra pasaron al asfalto; y de los hoteles sencillos pasaron a una oferta buena y abundante. Hoy, El Calafate es un polo turístico con opciones para el viajero exquisito que, en muchos casos –y ésta es la curiosidad- están vinculadas con el bolsillo y la actividad privada de la actual presidenta Cristina Fernández.

 Aunque nada, nunca, es tan evidente. Sólo por dar dos ejemplos, la hostería Las Dunas pertenece a una empresa presidida por el escribano de Lázaro Báez, un empresario kirchnerista varias veces indicado como testaferro de los Kirchner. Y el hotel Alto Calafate –que años atrás fue abiertamente de los Kirchner, pero ya no- también es el resultado de una maniobra parecida.

Estas trapisondas, en fin, abundan en los relatos sobre el crecimiento del pueblo. Por eso, encontrar un hotel que sea abiertamente de la familia Kirchner es casi un milagro de transparencia. Un milagro que existe. Los Sauces Casa Patagónica es un hotel boutique que fue inaugurado el 1 de septiembre de 2006 y que –esta es la particularidad- no sólo pertenece declaradamente a Cristina Fernández sino que comparte terreno con la histórica casa de descanso de los Kirchner.

Aquí, en Los Sauces, pasaré los próximos dos días.



 —El hotel guarda la estética de las grandes estancias de principios de siglo y está emplazado en un terreno de cuatro hectáreas donde hay dos restaurantes, uno de parrilla al asador y otro de cocina gourmet, un spa, y cinco casas patagónicas entre las que se reparten 38 suites de distintas categorías. Cada casa recibe un nombre de acuerdo al lugar que ocupa dentro de este predio. Vos, por ejemplo, estás en la casa Las Rocas porque está en una zona rodeada de rocas, la casa de adelante es Rosa Mosqueta porque está frente a un jardín de rosa mosqueta, luego tenés El Arroyo, pegada al Arroyo de Calafate, y después están las casas Bosque y Viento. Adentro de cada casa hay entre cinco y diez suites que tienen un nombre particular, están decoradas de un modo temático, y comparten entre todas un living como éste.

 —¿Y esto lo decoró la Presidenta?

 —No.

 Y ahí es cuando la amabilidad se corta. Ariel Casco, gerente de Los Sauces, es un varón joven, rubio y moderado que funciona todo el tiempo en “modo gerencial”. Casco tiene esa forma de la corrección que nace de la distancia y –sobre todo- del estado de alerta. La presencia del periodismo lo incomoda. Desde mi llegada, y a lo largo de la recorrida por el hotel, todas las preguntas –elementales- vinculadas a la familia Kirchner tuvieron como respuesta la palabra “no”.

—¿La presidenta viene cada tanto?

—No.

—¿Antes venía?

—No sabría decirte.

—¿Los turistas saben que este hotel es de Cristina Fernández?

—No lo comercializamos de esa forma. Lo comercializamos como un hotel boutique de Calafate.

—¿Esa es la casa de la presidenta?

—No sé.

Todo fue así. Todo fue así mientras avanzábamos por los senderos de piedra que unen las distintas casas, y cruzábamos el Arroyo Calafate –que pasa por el hotel- para llegar hasta el salón del desayuno, y nos dejábamos rodear por sauces, álamos y pinos, y hablábamos –intentábamos hablar-, y Casco dialogaba como si estuviera librando una batalla.

Sobran los motivos para estar alerta. En los últimos años, varias investigaciones periodísticas pusieron la mira en el patrimonio presidencial y dieron a conocer que en sólo cinco años –entre 2002 y 2007- el matrimonio Kirchner había multiplicado su fortuna por nueve. ¿Cómo había hecho? En su nota de portada, titulada “La fortuna que no cierra”, la revista Noticias había subrayado como elementos clave de ese crecimiento el rol del empresario Lázaro Báez –con quien los Kirchner armaron sociedades inmobiliarias-, y el negocio turístico de El Calafate, montado sobre tierras fiscales que el matrimonio presidencial compró a precio de ganga (7,5 dólares el metro cuadrado). ¿Cómo hicieron los Kirchner para explicar el aumento patrimonial? Argumentaron buenos negocios inmobiliarios, y hoteles que daban mucha ganancia pues –decían- estaban llenos todo el tiempo.

Hoy el hotel no está lleno.

—Hay un sesenta por ciento de ocupación –dice Casco desde su trinchera, mientras se acomoda –incómodo- en el sillón del living de Las Rocas: la casa donde voy a hospedarme. El cupo –moderado- es llamativo si se tiene en cuenta que las tarifas de Los Sauces son accesibles para un emprendimiento cinco estrellas de la Patagonia. Mi habitación, llamada “Rosas rojas”, es amplia, está exquisitamente decorada (hay –además de un piso de madera y paredes en tonos terracota- un candelabro, un dressoir, un ropero antiguo, y un confortable salón baño con paredes y suelo de piedra tibia) y cuesta –por habitación- 150 dólares más IVA la noche. La cifra puede variar de acuerdo con la categoría de la habitación –la mía es la más baja- y con el nivel de ocupación del hotel; pero en cualquier caso –dice Casco- no supera los 250 dólares más IVA.

¿Por qué Los Sauces –siendo tan exclusivo- es relativamente barato? En el centro del pueblo, algunos empleados de agencias de turismo dan la siguiente explicación: Los Sauces es un emprendimiento de élite no tanto por su tarifa, sino principalmente porque es un secreto dentro de los circuitos turísticos. Si bien el lugar está comercializado por el Hotel Panamericano de Buenos Aires (una cadena importante de la Argentina, cuyos dueños –Juan Carlos y Silvana Relats- están muy vinculados al kirchnerismo) no suele figurar dentro de los itinerarios más masivos porque la presidenta Cristina Fernández –dicen en Calafate-prefiere usarlo para alojar correligionarios que se acercan al pueblo a tejer y destejer alianzas políticas.

—Ella estaba cansada de que todos se le quedaran en su casa –dice una empleada de Los Sauces-. Pero ahora los aloja en el hotel. Y los hace pagar.

En Los Sauces –tal vez en la habitación “La vaca”, o en “Gardel”, o en “Evita”- se alojaron figuras como el conde de Rothschild, titular del banco homónimo; Larry Page –presidente de Google- y Alan Ducas, el cocinero más renombrado de Francia. Si pagaron o no, es un misterio. Con esos precios, en cualquier caso, no habrán notado la diferencia.

*

La casa de los Kirchner –que también se llama “Los Sauces”- está a menos de cien metros del hotel y puede vislumbrarse desde la piscina del spa. No es lo único que está a la vista. A través de los ventanales –el spa tiene paredes de vidrio- puede verse el Cerro Calafate sellando el silencio desde las alturas. Todo el pueblo –al menos hasta octubre- está marcado por la sordina del frío: una quietud que sólo se corta cuando el viento sopla y las plantas –las ramas- se atolondran de cara al cielo.

Ahora, desde la piscina, no se siente el viento pero se ven los árboles: álamos sin hojas moviéndose con furia como si vivieran una guerra largamente aprendida. Aquí adentro, tan cerca y lejos de todo, hace calor. El agua de la piscina es tibia y traslúcida y alguien puso música de Norah Jones y en un rincón hay té verde y hay aroma a velas de vainilla y todo este lugar está vacío (no es sólo una cuestión de cupo: a esta hora, dos de la tarde, la gente está en sus excursiones al Glaciar Perito Moreno) y afuera están las montañas y de repente la sensación es ésta: aquí se está solo. Sólo de veras.

—Este es mi lugar en el mundo –suele decir Cristina Fernández cuando habla de El Calafate. Lo habrá dicho pensando en su casa: dos plantas con techo a dos aguas y ventanales vidriados, que dan a un parque que se continúa con el parque del hotel (ambos terrenos sólo están separados por una pequeña valla de arbustos y una tranquera). Y lo habrá dicho, también, pensando en su pueblo, un territorio yermo que resume lo mejor y lo peor de la Patagonia argentina: el suelo de Calafate es árido y hostil, pero la lejanía –el paisaje de lago y montañas- le da a la zona esa perfección austera –azul- de las publicidades de agua mineral.

Algo de eso también puede verse desde el tercer piso del salón Las Nubes, la casa donde se desayuna, se almuerza, y se hacen las actividades de esparcimiento. Allí –aquí- en una esquina con grandes ventanas y paredes color ocre (los tonos secos abundan en todo el hotel) es posible descansar con vistas al Lago Argentino y las montañas nevadas de la precordillera de los Andes. Aunque ése no es el único paisaje. Frente a la Bahía Redonda –una lengua de agua que sale del Lago y se mete en el pueblo- hay varios obreros y algunas grúas haciendo trabajos de construcción. Desde que el matrimonio Kirchner compró Los Sauces se está extendiendo el Paseo Costero Néstor Kirchner: una costanera que cambió de nombre tras la muerte del ex presidente, y que hoy está siendo prolongada para que llegue hasta el hotel. La obra le cuesta al Estado 36 millones de dólares y está siendo llevada a cabo por Austral Construcciones, una empresa de Lázaro Báez.

—Ellos son los dueños de todo –dirá mañana una vendedora de Ovejitas de la Patagonia, una fábrica de chocolates ubicada a metros de Los Sauces. Pero ahora nadie dice nada. La casa Las Nubes está vacía. Vacío el mirador, vacío el restaurante (con una oferta gastronómica llamativamente acotada y elemental para los mediodías: no mucho más que sándwiches y ensaladas con insumos básicos) y vacío el espacio de juegos: una estancia con piano, guitarra, algunos óleos de arte moderno, varios elementos autóctonos –ponchos, telares- y muchos muebles restaurados –comprados en anticuarios de Buenos Aires- que fueron trasladados a Los Sauces en avión oficial.

—La señora está en todos los detalles. Cuando viene se acuerda de este sillón de acá. De ese poncho de allá: registra cualquier cambio que hayamos hecho; no entiendo cómo hace –dice Paula, una de las amables camareras del restaurante. Pero luego calla. Acá todos han aprendido a callar. Dos años atrás, un comentario informal –hecho por un empleado de Los Sauces- terminó en la portada de la revista Noticias. Allí se contaba que Cristina Fernández había llegado de improviso al hotel, se había molestado por algunas imperfecciones menores -las mucamas no sabían acomodar los almohadones en las camas king size y el césped estaba demasiado amarillo- y había gritado al gerente de tal modo que el hombre, tras la partida de la Presidenta, terminó encerrado en su cuarto con un pico de presión.

*

Ya es la mañana. Me entero de ello porque en el living de “mi casa” –Las Rocas- una pareja decidió ponerse cómoda. Hoy llegó gente, y junto con la gente llegó una certeza: es mejor que el hotel esté vacío. Si está más lleno, el sistema del living compartido funciona siempre y cuando tu cuarto no esté al lado del living y los que estén en el living no sean ruidosos. Salgo de la habitación y miro. Hay un hombre de barba blanca y aspecto nórdico hojeando la revista Sólo líderes –esa es la literatura que hay en nuestro living- mientras oye la retahíla de palabras de una mujer oriental. Me sorprende que un nórdico y una oriental sean tan ruidosos. Me sorprende, además, que sean pareja. No sé qué decir. Les pregunto si saben que todo esto es de Cristina Fernández de Kirchner. Miran con ojos vacíos.

—The president –les digo. Todo pertenece a the president.

—Oh! –sonríen. Su gesto de sorpresa parece mecánico. El “oh!” del living pertenece a la misma familia del “oh!” del Glaciar.

Mientras mis vecinos salen de excursión (150 dólares un paseo con trekking por el Parque Nacional los Glaciares, que a su vez incluyen una hora de caminata sobre la superficie del glaciar Perito Moreno), tomo una bicicleta del hotel –hay varias disponibles- y salgo a pasear por el pueblo. Visto desde la distancia –desde una loma, por caso-, el pueblo es un cuadro solitario y signado por algunas casas que soportan el rigor del frío. Pero de cerca el paisaje es otro: dentro del pueblo hay cinco cuadras de paseo comercial confortable y pensado para el turismo. Aquí hay locales de indumentaria, restaurantes, souvenires y chocolates, y –sobre todo- una infinidad de carteles promoviendo candidatos a la próxima intendencia. Bellotti, Méndez, quién sea: todos apoyan a los Kirchner.

—Ellos son los dueños de todo. Los candidatos la apoyan a ella porque si no acá no podés hacer nada. Ella después les da un terrenito, o algo siempre les da –dice una vendedora de Ovejitas de la Patagonia: una empresa de chocolates –se cree que la mejor del Sur argentino- que tiene una fábrica al lado de Los Sauces y un local en el centro del pueblo. El local tiene chocolates con forma de ovejita, cajas con dibujos de ovejitas, una lámpara con estampado de ovejitas y algunos cuadros con pinturas de ovejitas.

—Hasta se decía que las ovejitas eran de ella, porque mi patrón tiene la fábrica justo al lado de Los Sauces. Pero no. Menos las ovejitas, todo -agrega la vendedora, quien trabajó antes en Austral Construcciones, la empresa de Lázaro Báez. Y luego dice otras cosas: que por afuera del radio de influencia de los Kirchner, no hay mucha alternativa de trabajo en Calafate. Y que el sueldo en esas empresas es bueno –parte de los 1800 dólares- pero no es fácil de gastar. En Calafate, dice, no hay cines ni teatros: el esparcimiento se reparte entre el Casino Club (una mole de vidrios ahumados a nombre de Jorge Bark, empresario ultrakirchnerista declarado “deudor irrecuperable” por el Banco Central de la República Argentina) y las caminatas por la calle Libertador: la arteria más importante del pueblo, que dura cinco cuadras y después se desvanece.

En Calafate, la periferia queda a doscientos metros del centro. Y es en esa periferia donde está Los Amigos: un restaurante que, según los calafatenses, puede considerarse el mejor de la comarca. Quizás sea buena idea comer aquí. La cocina de Los Sauces, hasta el momento, es lo único que no está a la altura de las instalaciones: los precios son escandalosos (un asado con cordero patagónico, postres regionales y mate -¿mate? Nadie toma mate luego del almuerzo- sale 180 dólares más IVA, un monto que ni siquiera incluye vino) y la materia prima no honra esos precios. En mi primer día de estadía, el queso brie estaba duro, las ensaladas verdes sólo tenían lechuga criolla con algunos bordes renegridos, y el cheese cake lucía bien pero era una piedra. Una piedra cara.

Los Amigos, en cambio, no será glamoroso pero ofrece unos platos geniales. Un salmón con crema de langostinos (18 dólares), una botella pequeña de Malbec (5 dólaes) y un café con una oveja de la Patagonia –esa la saqué de mi bolso- son tres razones de peso para devolver la fe en la gastronomía local. A este sitio, atendido por sus propios dueños, vienen a comer todos los intendentes y ha venido –aunque no a comer- Néstor Kirchner.

—Él era un hombre especial –dice Sergio, dueño y camarero del lugar-. El día de la inauguración de la placita de aquí enfrente él se salió del protocolo, cruzó la calle y vino a pedirnos una botella de agua porque se moría de sed. Yo siempre le tuve aprecio y por eso a veces me cansan las habladurías: que esto es de ellos, que aquello también… A mí los rumores me tienen podrido. Una noche unos comensales empezaron a insistir con que Kirchner tenía una amante de Calafate, y lo dijeron tantas veces que en un momento me harté y les dije: “Mirá, ¡yo tengo tres amantes y a mí no me quitó ninguna!”.

Sergio ríe. Su barba es blanca y sus dientes son –se ven- filosos.

—Ay, Kirchner... Cuando él estaba ellos venían seguido al pueblo. Pero desde que murió, a ella no se la ve más. Sólo queda la casa. 

A la noche, desde Los Sauces, se verá –iluminada- la casa. Los ventanales, el parque, el techo agudo apuntando al cielo: se verá lo que queda.

Que es eso, claro. Y todo lo demás también.



* Publicado en septiembre de 2011 en la revista Domingo, del diario El Mercurio.

viernes, 2 de marzo de 2012

Previvientes *



El pelo rubio, el pantalón blanco, las uñas rojas en los pies descalzos. Acomodada en su living, Deborah Lindner parece la chica de una propaganda de tampones. Está cruzada de piernas, no usa maquillaje y escribe en una Mac portátil que se abre (se hunde) en el cuero inmaculado del sillón. ¿Es una publicidad? No. Es la foto que pusieron en el New York Times para acompañar una historia: Deborah Linder, 33 años, médica, linda, temperamental, imitación bastante real de Carrie Bradshaw, se hizo conocida porque sabe tomar decisiones fuertes. Seis meses atrás, y en perfecto estado de salud, se vació los pechos. Fuera glándulas mamarias, fuera pezones: sólo quedó la piel. La piel y las siliconas de reemplazo, y la certeza de que Deborah Lindner nunca en su vida tendrá cáncer de mama.

Los oncólogos la llaman mastectomía preventiva. Consiste, para decirlo brutalmente, en sacarte las tetas por si acaso. No se la puede hacer cualquiera. Sólo las mujeres con antecedentes familiares o aquellas que, en virtud de los avances genéticos, se someten a un estudio cromosómico para develar qué tipo de destino les está cocinando el propio cuerpo. Pero saber siempre tiene un precio. Y no se trata sólo de dinero. A algunas (pocas) les puede salir que tienen BRCA1 y BRCA2, dos genes bastante inusuales que elevan entre un 60 y un 90 por ciento las posibilidades de que una mujer tenga cáncer de mama (cuando normalmente son de un 12 por ciento). Para estas mujeres sanas, pero en riesgo, siempre hubo dos alternativas: tomar medicamentos preventivos y –la principal- chequearse a menudo para atajar cualquier manifestación de un modo temprano. Pero el avance de las siliconas abrió esta tercera posibilidad: ahora es posible vaciarse y llenarse, y reducir en un 90 por ciento las chances de contraer la enfermedad.

Es una opción dura. Las mujeres que se quitan los pechos nunca podrán amamantar y perderán buena parte de la sensibilidad al tacto. Así y todo, en el último año en Estados Unidos se duplicó la cantidad de pacientes que se la realizan. En Argentina esta intervención no es usual, pero hay mujeres que ya han sido operadas. La cirugía cuesta un básico de 15 mil pesos y a cambio ofrece la posibilidad dorada que ya viene anticipando la genética: controlar los supuestos azares del cuerpo y –en esta ocasión- gozar del bonus track de unas tetas a nuevo.

En todos los casos (en la Argentina y en el exterior) el emblema fue (y es) Deborah Lindner. Su madre había padecido cáncer de pecho y ella se hizo un estudio para conocer las probabilidades que tenía de repetir la historia. Luego de realizarse el análisis, Lindner supo que estaba en riesgo, pero sana. También estaba sana cuando se hizo una mamografía, y siguió estando sana cuando fue a buscar los resultados y vio que daban perfecto. El mayor problema de Lindner, a esa altura, no era la salud sino la incertidumbre. Lindner se palpaba las mamas a diario. Todo el tiempo buscaba el carozo de una enfermedad que nunca terminaba de llegar.

—Esto me está volviendo loca –le dijo Lindner a Erin King, una compañera de trabajo. King tenía 33 años y se había implantado siliconas por motivos cosméticos.

—Sacátelas y ponéte otras –le contestó King: los americanos son prácticos-. Te van a quedar divinas.

Cuando llegue a los 40, o apenas logre tener un hijo, Lindner también se quitará los ovarios para evitar el riesgo de un cáncer que el estudio genético también le anticipó. Por tomar este tipo de decisiones, Lindner se autodenomina “previviente” (previvor): un neologismo que, al modo de la película Memento, altera la línea de tiempo de un modo casi cinematográfico. Los previvientes son los que matan algo que todavía no existe; los que se mutilan para no dañarse y hacen de la previsión un interrogante delicado. ¿Hasta dónde debería llegar el estado de alerta? Las tetas se vacían por si acaso, del mismo modo que los países se invaden por si acaso. Una lógica de la prudencia que se adorna con buenas intenciones, pero que en el fondo corre el riesgo de cumplir con un único fin: impedir que un cuerpo (que es lo mismo que un país) hable un lenguaje propio. Y se corte o se repare con el filo de su propia lengua.



* Publicado en 2008 en Crítica de la Argentina.

domingo, 26 de febrero de 2012

Ábrete sésamo

Antes las palabras cambiaban mundos. La cosa se parecía bastante al cuento de Alí Babá. Decías "ábrete sésamo" y se movían las piedras. ¡Las piedras! Las palabras movían piedras.

Hoy todos decimos palabras todo el tiempo. Y nada se mueve, nunca.

Pruebo el silencio.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Historia de una mujer bomba *




San Miguel de Tucumán, la capital de Tucumán, una provincia ubicada en el Norte de la Argentina, tiene sus calles repletas de naranjos. Están dispuestos en hilera en casi todas las aceras y eso hace que la ciudad entera destile una euforia boba, a veces insoportable. Frente a la casa de Susana Trimarco de Verón hay uno de esos árboles. Conserva todos sus frutos –nadie los ha llevado- y es fácil mirar ese mínimo paisaje y tener un acceso de tranquilidad: en Tucumán la gente es buena, parece, y no arranca nada que no le pertenezca.

—¿Qué decís? –interrumpe Trimarco y frunce la nariz con asco-. A estas naranjas no se las roban porque son amargas, son feas. No sirven para nada.

Trimarco tiene 53 años y un pasado optimista. Cinco años atrás tenía también un marido, una casa, dos trabajos, dos autos y dos hijos: Horacio, que se fue a vivir al Sur de la Argentina, y María de los Ángeles –Marita-, una chica de sonrisa panorámica que una mañana salió de su casa para ir al médico y nunca más volvió. La desaparición ocurrió el 3 de abril de 2002. Ese mismo día, Trimarco dejó de ser lo que era –un alma en orden- para transformarse en esto: una persona de labios duros que se para en la acera, mira un naranjo, hace una mueca de desprecio y dice que acá, en Tucumán, nada es lo que parece.

—Esta ciudad, linda como la ves, está llena de mafiosos –se queja. Y entra a su casa de un portazo.

Marita Verón, su hija, fue raptada por una red dedicada al tráfico sexual. Desde entonces, Trimarco es la principal responsable de que a Tucumán ya no se la conozca nacionalmente como “el Jardín de la República” –en virtud de sus divinas flores y sus naranjales- sino como el epicentro de una producción bastante más amarga: el secuestro y la trata de mujeres, una práctica que existió siempre pero que, con el caso Verón, parece haber nacido ante los ojos del Estado y la opinión pública. En los últimos años, el "caso Marita" instaló el tema de la trata de blancas en la agenda política nacional y transformó a Trimarco en un personaje casi de ficción: pateó literalmente las puertas de los despachos oficiales pidiendo respuestas, devino en un referente público más confiable que la policía local (la gente acude a ella cuando desaparece alguien), se disfrazó de prostituta para averiguar por el paradero de su hija, y con muy poco apoyo del Estado participó del rescate de ciento quince chicas que vivían esclavizadas en burdeles de todo el país. Este combo alucinado –tragedia, acción, heroísmo, metidos en el frasco chico de una mujer que no supera el metro y medio de estatura- hizo que el pasado mes de abril Trimarco recibiera, en Estados Unidos, un reconocimiento de los supuestamente “grandes”. La secretaria de Estado, Condoleeza Rice, le entregó el galardón a Mujer Coraje, uno de esos premios que suelen darse a las líderes de Zimbabwe, Letonia, o cualquier otro país al borde de la cultura occidental.

—A mí me reconocen mucho afuera. No digo solamente la Condoleeza Rice: yo voy a Buenos Aires y me siento en el restaurante y no me quieren cobrar la comida, voy a comprarme unos zapatos y el dueño me dice: “¿Usté es la madre de Marita Verón?”, y entonces me dice que está orgulloso de mí ¡y no me cobra los zapatos! Pero llego a Tucumán y es imposible. Hay mucha gente buena, m’hija, pero hay otra que no me quiere nada.

Trimarco cruza las piernas y se mira los pies. Lleva unas botas negras, lustrosas, sencillas.

—No me quieren porque soy una bomba atómica en la puerta del trasero de los políticos, esa es la cuestión.

La casa de Trimarco es grande, salvo el living: una superficie breve donde se amontonan un piano, tres sillones, algunos diplomas y una ventana amplia por la que entra una luz ambarina y tranquila. En todos los rincones hay fotos familiares, y en esas fotos siempre está esa cara con esa sonrisa: Marita con su madre, su padre, su hija, su hermano y con una rosa entre los dedos, bailando, el día que egresó del colegio secundario. Marita era, según Trimarco, esa clase de persona que cree que al futuro hay que llegar contento y capacitado. Había hecho cursos para todo -computación, repostería, decoración de interiores- y también, como era habilidosa con las manos, había empezado la licenciatura en Artes en la Universidad Nacional de Tucumán. Fue allí donde conoció a David Catalán: un chico morocho, delgado y retraído, que a Trimarco siempre le pareció poco para su hija.

David y Marita se pusieron de novios a los veinte años, tuvieron una niña (Micaela) doce meses después, y se mudaron juntos a un barrio de viviendas estatales llamado Las Talitas, siete kilómetros al Norte de San Miguel de Tucumán. El edificio era (es) una construcción maciza, desangelada y gris; el tipo de lugares al que acude la clase media empobrecida cuando logra asegurarse un techo. Pero David y Marita estaban felices. Para pagar la cuota del departamento –y mientras seguía estudiando Arte- Marita empezó a vender tortas a las estaciones de servicio de la zona. Con el dinero ganado, más una ayuda económica de su madre, se puso un almacén y hasta le prestó un capital a David para que comprara una moto y saliera a trabajar de mensajero. A los veintidós años, los días de Marita transcurrían entre un comercio, una niña y una carrera universitaria. El futuro parecía un lugar tranquilo. Pero Trimarco estaba inquieta. Iba seguido a visitar a su hija, y cada vez que iba se quejaba un poco.

—Este barrio no es para vos. Esta casa no es para vos. Esta gente no es para vos. Y este chico no es para vos.

Entre las tantas cosas que inquietaban a Trimarco estaba Patricia Soria: una enfermera cincuentona que vivía en el mismo edificio y que acudía a la casa de Marita cada vez que Micaela, la niña, tenía un ataque de asma. Con el paso de los meses, Soria y Marita se hicieron casi amigas, y esa relación preocupó a Trimarco: a Soria le sonaba permanentemente el teléfono móvil y a Trimarco esa insistencia le resultaba sospechosa. A cinco años de la desaparición de Marita, los vecinos siguen diciendo que Soria era y es un gran signo de pregunta: sigue viviendo en el mismo edificio, la visitan muchos hombres, no parece tener familia y su teléfono tiene vida propia. Pero ninguno de estos detalles alarmó, en un principio, a Marita. Debe ser por eso que, una tarde, decidió hacerle a Soria una confidencia: por el momento no quería tener más hijos y pensaba colocarse un Dispositivo Intra Uterino (DIU). En un consultorio privado, el procedimiento salía cien dólares. Pero Soria le hizo una oferta: su novio, Miguel Ardiles, era el jefe de personal en la Maternidad de Tucumán –una dependencia estatal- y le podía hacer poner el DIU por siete dólares.

—Ni se te ocurra –le dijo Trimarco cuando se enteró-. Vos tenés que ir a un lugar más limpio.

—Mamá, prefiero usar la plata del DIU para comprar mercadería en el negocio.

El 2 de abril de 2002, Marita fue a la Maternidad para ver a Miguel Ardiles. El hombre la contactó con un médico, Prudencio Rojas Tomas, que en el acto le hizo un tacto ginecológico y le encargó unos estudios para el día siguiente. Los nuevos análisis debían hacerse entre las 9 y las 9:30 de la mañana. Marita y Micaela se quedaron a pasar la noche en la casa de Trimarco, y así fue que el 3 de abril de 2002, luego de desayunar y mientras su hija dormía, Marita se puso un jean y una remera turquesa, y salió de la casa en puntas de pie.

***

El primer indicio de que algo andaba mal ocurrió a las 12:30 del mediodía, cuando Trimarco llegó a su hogar y vio que Marita aún no había regresado de hacerse los estudios. Inquieta, preparó el almuerzo y esperó a su marido, Daniel Verón, que llegó dos horas más tarde.

—No quiero comer –dijo el hombre-. Me voy a la Maternidad a ver qué pasa. Tengo un mal presentimiento.

Verón se levantó, tomó las llaves del auto y se fue. En la Maternidad, todos los consultorios estaban cerrados y los pasillos eran una ciudad vacía. Volvió a su casa y le contó lo que había visto a su mujer. Trimarco, por primera vez, empezó a llorar. De nuevo en la Maternidad, pero ahora juntos, preguntaron a un empleado de seguridad por el señor Miguel Ardiles, el jefe de personal.

—¿Quién le dijo que es jefe de personal? –fue la respuesta-. Ardiles hace la limpieza. Y además no está.

El rastreo siguió por las calles, los parques y el barrio de Marita. Golpearon la puerta de Patricia Soria, pero ella nunca estuvo o nunca abrió. Fueron a la Policía, pero no les tomaron la denuncia porque había que esperar un día. Llamaron a las amigas de Marita, pero nadie sabía nada. Durante la primera semana, la búsqueda de Marita fue una carrera anárquica y ciega: por no saber adónde ir, iban a todas partes. Fueron a los medios de comunicación. Empezaron a hacer afiches con la cara de su hija. Una noche, con una de esas fotos bajo el brazo y siguiendo una corazonada negra –la policía solía vincular las desapariciones con el trabajo sexual-, Trimarco y Verón fueron al Parque 9 de Julio, la zona roja de la ciudad de Tucumán, y empezaron a hablar con las prostitutas. Una de ellas -una mujer que había sido violada, vendida y llevada hasta La Rioja, una provincia limítrofe con Tucumán- reconoció los rasgos.

—A esta chica yo la vi –dijo-. La vi en La Rioja.

Cuando Trimarco escuchó, no pudo ni siquiera desmayarse: el carácter se le puso duro y cerrado, como si fuera un tejido al que le acaban de meter un cuerpo extraño. Desde el 10 de abril de 2002, y de acuerdo a los testimonios que se fueron sumando a la “causa Verón” a lo largo de los últimos cinco años, se sabe que Marita está atrapada –si es que está viva- en algún prostíbulo de la Argentina o del exterior.

***


La trata de personas es, a nivel mundial, el negocio clandestino más fértil después del tráfico de armas y de drogas ilegales. En la Argentina, a su vez, y según datos de la policía tucumana, una sola chica genera entre 800 y 1700 dólares por semana, una cifra “rentable” si se considera que cada prostíbulo tiene entre quince y veinte mujeres “trabajando”. Este tipo de negocios es usual en el país. O al menos eso se desprende de un informe realizado en el año 2005 por el Departamento de Estado norteamericano, donde se denuncia que la Argentina es una zona de riesgo por el “severo” problema de “tráfico de personas” que deriva en “explotación sexual y laboral”. La mayor parte de los acusados está libre. Esto se debe a que el tráfico de personas no está tipificado como delito en el Código Penal de la Nación y ni siquiera es considerado “tráfico”, porque en muchos casos no se cruza las fronteras nacionales. El primer y único proyecto de ley sobre trata de blancas tiene media sanción del Senado de la Nación, fue impulsado como respuesta a la insistencia de Trimarco y tomó la historia de Marita Verón como caso testigo.

Aunque no hay pruebas, el secuestro de Marita se habría urdido –como sucede en la mayoría de los casos- por etapas. En primer lugar, Patricia Soria y Miguel Ardiles la habrían “marcado”, es decir que habrían visto en Marita un valor de cambio. En una segunda etapa, el doctor Rojas Tomas la habría revisado para asegurar que el cuerpo de Marita estuviera sano. Y en tercer lugar, tres hombres la esperaron a la salida de su casa y se la llevaron. De estas tres etapas, sólo está documentada la tercera: según dos testigos –uno de ellos, actualmente desaparecido- a dos cuadras de la casa de Trimarco dos hombres agarraron a Marita de los pelos, la durmieron de un golpe y la metieron en un coche color rojo. Pero por fuera de esto, y aunque hay indicios, ninguna de las tres personas supuestamente involucradas en el secuestro (Soria, Ardiles y Rojas Tomas) pudieron ser procesadas. Las sospechas se basan en deducciones sin valor legal. Hay registros telefónicos que muestran que Soria hablaba mucho con una amiga, también enfermera, que a su vez tenía contactos telefónicos con José Medina, un remisero que fue seis meses preso por la “causa Verón”. Al ser una relación triangular (no hay registros de un diálogo directo entre Soria y Medina) es imposible pedir la detención de Soria y menos, entonces, la de Miguel Ardiles. Con el médico Prudencio Rojas Tomas pasa algo similar: en la planta baja del edificio donde Rojas Tomas tiene su consultorio particular hay un locutorio. Los registros telefónicos marcan que, desde ese locutorio, durante todo el mes previo a la desaparición de Marita hubo llamados a José Medina. Pero no hay pruebas de que esos llamados hayan sido realizados por Rojas Tomas, y por eso el médico también está libre.

Ni Soria ni Rojas Tomas quisieron hablar con Gatopardo.

***

Los prostíbulos de Tucumán, en general, no parecen prostíbulos sino pequeñas casas que se van perdiendo en el paisaje negro de la noche. La pintura suele estar rota, la puerta de entrada tiende a ser pequeña, y adentro están, siempre, las chicas: cuerpos desganados que se cruzan de piernas y de brazos, y se entregan a la herrumbre del salón con la certeza de que el destino es eso: un puñado de sillas de plástico, una fonola con el sonido ahogado, un par de hombres armados vigilando todo, y algunos borrachos con la mano inquieta.

Trimarco empezó a frecuentar estos lugares tres semanas después de la desaparición de Marita. Era domingo y en la policía le habían dicho que no podían salir a buscarla porque faltaba gasolina para los patrulleros. Trimarco insultó a media seccional, se fue a su casa, se sentó en el comedor, miró los clasificados que ofrecían mujeres, y comenzó a llamar por teléfono. Alguien atendió.

—Tengo tres chicas, quiero venderlas y quiero saber cuánto me pagás –dijo Trimarco.

—Estamos pagando 1500 pesos, pero eso si las chicas son lindas… ¿Vos tenés foto?

—Sí.

—Veníte el sábado. ¿Cómo te llamás?

—Me llamo Jennifer –dijo. Y después cortó.

El sábado siguiente Trimarco se puso una falda de cuero negro, se batió el pelo, se pintó la boca, se colgó un par de aros pesados, llamó un remise y se fue a un antro del que a esta altura ya recuerda poco, porque fueron tantos los antros en los que Trimarco estuvo.

—Sé que cuando entré no sentí miedo –cuenta Trimarco en su comedor, mientras enciende una computadora con un fondo de pantalla de la Virgen-. Sentí curiosidad. ¿Viste Alicia en el País de las Maravillas? Era eso: otro mundo.

La “compradora” no fue a la cita, pero ese encuentro fallido sirvió para que Trimarco tuviera una idea: si ella fuera varón, podría entrar a los prostíbulos como cliente y tratar de rescatar chicas. De inmediato habló con su marido, y ambos fueron a pedir ayuda a Jorge Tobar, un comisario tucumano que había sido compañero de Daniel Verón en el colegio primario y que al momento de la desaparición de Marita trabajaba en el departamento forense de la Policía. Una vez que Verón habló con Tobar, la forma de trabajo se dividió en dos: por un lado, Tobar empezó a usar su investidura de comisario para allanar whiskerías (el eufemismo que se usa para hablar de los prostíbulos) y rescatar a las mujeres que admitieran estar ahí secuestradas. Y por otro lado, Daniel Verón puso en práctica un método “no oficial”: el hombre entraba a los prostíbulos –a veces acompañado por Tobar, vestido de civil- y cuando lo creía apropiado, levantaba la voz:

—La que esté acá en contra de su voluntad, que lo diga ahora.

Trimarco siempre estaba afuera -si entraba despertaría sospechas, porque ahí sólo ingresan hombres- y recién aparecía cuando se hacía público el operativo. Su tarea consistía en recibir y contener a las mujeres que eran liberadas.

Con estos métodos –el de Tobar y el de Verón- fueron rescatadas 115 chicas, y se fueron reuniendo pistas sobre Marita que terminaban siempre en La Rioja: la provincia que –según Tobar, ahora transformado en el mayor experto en “trata de personas” en todo el país- puede considerarse el epicentro de la esclavitud sexual de la Argentina.


***


La Rioja queda a 388 kilómetros al Oeste de San Miguel de Tucumán. Allí, durante un allanamiento realizado en mayo de 2004 por Tobar, Verón y Trimarco, fue liberada Andrea Darrosa: una chica de 23 años que estuvo ocho años esclavizada, y que fue encontrada con seis costillas fracturadas, una pierna baleada, y el cráneo hundido por un culatazo de pistola.

Darrosa ahora vive en Misiones (Noroeste argentino) y es la principal testigo de la “causa Verón”. Ella dice que vio a Marita. Dice, en realidad, muchas cosas. Estos son algunos extractos de su declaración:

“Me llevaron a los quince años, cuando salí a comprar pan. Alguien me dio un sopapo [bofetada], después me taparon la boca, y viajé no sé cuántas horas tirada en el piso de un auto. Cuando desperté estaba en La Rioja. Me bañaron, me cambiaron, me pintaron, me tiñeron el pelo de rubio, me hicieron rulos, me pusieron el nombre artístico Yanina, y me hicieron salir a “trabajar”. Al principio no quise pero me molieron a golpes. Si no hacía seiscientos pesos [200 dólares] por día me molían a golpes. Uno de esos golpes me hizo un coágulo en la cabeza. Todavía me duele”.

“Una vez la vieja Liliana (N. de la R.: Liliana Medina es dueña de varias whiskerías en La Rioja, y actualmente está procesada y detenida por la causa de Marita) se puso loca porque una brasilera le pidió su plata. Era negra, con trencitas largas, trabajaba en bikini blanca. La vieja la agarró del cogote a la brasilera y la empezó a zamarrear y la ahorcó, y después la tiró de un segundo piso, pero la chica cayó muerta. Después la vieja me agarró a mí, me empujó sobre la escalera para que mirara y me dijo que me iba a hacer lo mismo si yo abría la boca”.

“Una vez Liliana me pegó un tiro en la pierna izquierda. Después, entre ella y el Chenga (N. de la R.: el hijo de Liliana Medina) me sacaron la bala con una aguja de tejer y sin anestesia, y cada vez que grité me dieron un trompazo”.

“A las chicas que llegaban a la whiskería embarazadas, Liliana las hacía abortar con una sonda con alambre”.

“A mediados de 2002 vi a Marita Verón en la casa de Liliana: Marita llegó en un auto blanco y yo la recibí. Le serví un café”.

—Esto es una empresa y por vos pagué dos mil cuatrocientos pesos (ochocientos dólares)–le dijo Medina a Marita-. Tenés que cubrir ese monto y recién después, si querés, te vas.

Ese mismo día, según el testimonio de Darrosa, tiñeron a Marita de rubio y le pusieron lentes de contacto celestes. A la noche tuvo que empezar a trabajar, pero como no sabía tratar a los clientes –se sentaba lejos, no les conversaba- alguien le enseñó a atender a golpes. Cuando Marita cubrió con su trabajo los dos mil cuatrocientos pesos de “deuda”, Medina le explicó algunas cosas más:

—Escuchame, nena, ¿pensás que acá comés y dormís gratis? Tenés que pagar tu comida y tu alojamiento. Son 1500 pesos más, y después te vas.

Medina era obesa, tenía pocos dientes y su cara estaba llena de lunares. Pero Marita la miraba como si todo diera igual. Pasados unos días cubrió ese monto.

—¿Vos no sabías que acá hay un reglamento? –le dijo Medina-. Si no pasás con diez clientes por día estás multada. Si conversás con otra chica o te dormís y llegás tarde al salón, estás multada. Si le faltás el respeto a un cliente estás multada. Ahora nos debés mil pesos en multas.

Y así fue como Marita, como tantas otras chicas, se fue quedando. La whiskería se llamaba El Desafío. En algún momento, en una de sus paredes externas, Marita escribió, en letras rojas e inmensas, “Micaela te amo”. Trimarco vio esta inscripción en junio de 2004, un mes después de que fuera rescatada Andrea Darrosa, dos años después de la desaparición de su hija.

Trimarco había viajado a La Rioja acompañada por su nieta Micaela, su marido, y el comisario Tobar. El objetivo de ese viaje era que Darrosa, ya a disposición de la Justicia, señalara los lugares donde habían sido enterrados los cuerpos de las mujeres “rebeldes”. Pero el juez a cargo –Daniel Moreno- jamás permitió que Darrosa hablara con Trimarco. Pasado un mes de espera, Tobar y Verón decidieron volverse a Tucumán. En La Rioja, por lo tanto, sólo quedaron Trimarco y su nieta, que entonces tenía cinco años de edad. Una mañana, la dueña del hotel le explicó a Trimarco que había que pagar la cuenta.

—Son 7500 pesos (2500 dólares)–dijo.

—Yo tengo 20 pesos –contestó Trimarco. Eso era lo último que le había quedado luego de vender, a lo largo de dos años, su casa, el departamento de Marita, dos autos y el almacén.

Trimarco tomó su cartera, salió del hotel, cruzó la plaza principal y se metió en la casa de gobierno.

—Quiero hablar con el gobernador –dijo en la entrada.

—El señor gobernador no está.

—Quiero hablar con el gobernador y de acá no me muevo y no me interesa lo que tengan para decirme y no me toquen ni un pelo de mi cuerpo porque les destrozo todo.

Trimarco empezó a gritar y a patear puertas. Cinco minutos después, bajó un hombre de traje.

—¿Cuánto es? –preguntó.

—Siete mil quinientos pesos, poca plata para los que me deben mi hija.

Trimarco aullaba y Micaela, su nieta, sólo podía abrazarla. Al día siguiente, una enviada del gobernador pagó todas las cuentas. Pero la mayor deuda quedó sin saldar: Darrosa sólo fue liberada cuando Trimarco se fue de La Rioja, es decir que el viaje no sirvió de mucho. Por este tipo de episodios, el juez Daniel Moreno actualmente está en juicio político: se lo acusa de haber puesto múltiples obstáculos en la causa de Marita Verón.


***

Micaela tenía tres años cuando desapareció su madre. Susana le explicó que se la habían llevado unos ladrones, y así fue que la niña, todas las noches, empezó a hundirse en horrores aún mayores que el horror de la infancia: quería ir a dar vueltas en auto para ver si la encontraban a Marita, y al momento de dormir, en sueños, le tocaba la cara a su abuela para ver si ella seguía ahí.

Desde el secuestro, Trimarco y Micaela viven juntas. David Catalán, el padre de Micaela, argumenta que él no siempre tiene trabajo y que es mejor que la criatura crezca bajo el ala de alguien que puede darle “todo”.

A veces Trimarco dice que Micaela es su tercera hija.

—Abu, ¿me podés peinar?

Micaela aparece en el comedor de la casa. Es una criatura de piel diáfana, boca pequeña y ojos muy grandes. Su pelo es negro, lacio y espeso; Trimarco lo peina con la mano pesada. Dos días atrás, cuando su abuela la arreglaba para ir a la escuela, Micaela le hizo una pregunta.

—Abu. ¿Mi mamá me va a reconocer cuando vuelva?

Trimarco cuenta que, en ese momento, la cara se le vació de gestos: no supo qué decir.

—Mi amor, ¿cómo no te va a reconocer? –contestó al fin.

—¿Y cuando la vea qué le digo?

—No le digas nada. Abrazala fuerte y dale muchos besos.

Micaela siempre reacciona como si entendiera. Todos estos años, en realidad, tuvo que entender cosas que son imposibles de entender por nadie. Trimarco la ha llevado consigo a casi todas partes. Por este tipo de cuestiones, David Catalán dice que su hija queda expuesta a diálogos e imágenes que le pueden hacer daño.

—Susana se pone ciega, irracional, y se larga a hablar: no registra que la nena está cerca -se quejará más adelante-. Por más que Micaela sepa el tema de su madre, tampoco uno le puede estar contando tanto.

Micaela se mueve por la calle con custodia policial. Desde que se abrió la causa, a Trimarco la amenazan varias veces por semana (principalmente, le dicen que se van a llevar a su nieta) y es así que el mundo, para Micaela, es un lugar que exige estar alerta.

Ahora son las seis de la tarde –el horario de salida del colegio- y la niña viaja en una camioneta oficial, reclinada sobre la luneta de adelante. Tiene el mentón sobre las manos, y mira el paisaje de naranjos como si esa imagen tuviese algo que ver con la paz. Entre los árboles va apareciendo su casa, y en la vereda está su padre. El hombre la saluda con un abrazo y la hace entrar al hogar de Trimarco.

Catalán trabaja como obrero en una construcción y, salvo los días francos, está todo el día fuera de su casa. Él dice que es por eso que ve poco a Micaela. También la ve poco porque sabe que Trimarco no lo aguanta.

—Desde que me conoció me trató de negrito de mierda. Toda la vida ella fue, hablando vulgarmente, la vieja cheta que quería para su hija un cheto. Pero aparecí yo.

Catalán recuerda que su vida con Marita fue feliz. Buscaron un hijo y lo tuvieron. Quisieron una familia y la armaron. Marita era sincera, humilde, luchadora y de gran corazón: “Una verdadera mujer” dice. Una mujer que tenía una madre.

Días después, Catalán sumará un detalle que Trimarco no contó. Cuando compraron el departamento en Las Talitas –con ayuda materna- Trimarco se compró una casa a cien metros.

—Ella siempre estuvo en el medio de nosotros. No teníamos vida independiente. Por ahí ella andaba embroncada con su marido porque toda la vida ellos han peleado, y se la agarraba conmigo. Decía que yo era un vago. Susana siempre tuvo carácter muy fuerte, pero bueno. También gracias a eso se avanzó tanto en la búsqueda de Marita… Yo a Marita la espero. Yo sigo esperando que podamos reconstruir la pareja.

La falta de constancia laboral no es el principal motivo por el que Trimarco, a esta altura, rechaza a su yerno. El verdadero problema es la forma en la que el hombre decidió salvarse: al año y medio de la desaparición de su mujer, abandonó la búsqueda y se alejó, también, de su hija. Catalán ve poco a Micaela, tampoco pasa dinero, y por ende Trimarco vive cada vez con menos plata. Antes de la desaparición de Marita, se ganaba la vida como asesora en temas sociales en la Municipalidad y como vendedora de cosméticos por catálogo. Pero ahora, la causa de su hija arrasó con todo, y Trimarco subsiste como puede: vendió todos sus bienes (ahora vive en la casa de su suegra); los pasajes y los hoteles se los paga el gobierno (Trimarco los exige a las patadas); y diez meses al año cobra 230 dólares del Estado para la manutención de Micaela. Además, está el sueldo de su marido, un hombre que solía ser fuerte hasta que un día se derrumbó por completo.

La cara de Daniel Verón está vencida por la ley de gravedad. Las ojeras, el mentón, la papada y la comisura de los labios se desarman en pliegues que parecen metáforas de algo todavía mayor. Algunos meses atrás, Verón tuvo un derrame cerebral y desde entonces su salud es compleja. No quiere hablar con la prensa, pero principalmente no quiere ver a su mujer. De hecho en abril de este año, como tantas otras veces en las últimas dos décadas, se fue de la casa. El detonante fue una cama.

Durante años, Trimarco dio contención, casa y comida a las decenas de chicas que rescataba de los prostíbulos. Entre esas mujeres estaba Blanca V.: una criatura que sobrevivió a los burdeles, pero no a la adicción a la cocaína. La paciencia de Daniel Verón llegó a su límite cuando Trimarco, al ver que no tenía donde dormir, le regaló a Blanca la cama de su hija, un mueble pintado a mano por la propia Marita. A las dos horas de haber recibido el mueble, Blanca lo vendió a cambio de un polvo. Cuando Verón se enteró de que la cama ya no estaba en casa, no pudo soportarlo y él también se fue.

Hoy, el principal compañero de Trimarco –el hombre con quien pelea y a quien recurre- no es su marido sino el comisario Jorge Tobar.

***

Actual integrante de la División de Inteligencia de la policía tucumana, y amigo de la infancia de Daniel Verón, al tercer día de la desaparición de Marita, Tobar fue buscado por la familia para que los ayudara en forma paralela. Dos meses después de la apertura de la causa, la fiscal vio que la investigación de Tobar iba más rápido que la oficial, y le ofreció hacerse cargo del caso. Desde entonces –y a pesar de las infinitas resistencias que encuentra dentro de la misma Policía- Tobar es la mano ejecutora de todos los allanamientos que exigió Trimarco.

Tobar tiene un gabán beige, anteojos, una cabeza calva, y el aspecto edulcorado de un bancario en horario de almuerzo. Con la voz sedada, metódica, perturbadoramente prolija, él cuenta, sentado en su despacho, cómo es que una chica que sale a comprar pan puede terminar vendida a un proxeneta. Tobar dice que algunas son metidas en un auto de los pelos, pero que otras –muchas otras- llegan engañadas por alguien que las enamoró. Hay hombres que esperan a las chicas a la salida del colegio. Las invitan a tomar café, se ponen de novios, les hablan de un presente perfecto: “Yo tengo –dicen-una empresa en Buenos Aires, y vine a Tucumán a hablar con algunos clientes”. Lentamente, empiezan a trabajar para que la chica llegue tarde a casa, discuta con sus padres, se sienta incomprendida.

—No te hagas problema por lo que te diga tu papá. Si te llega a decir algo te venís a vivir conmigo.

El hombre les inventa esta historia a varias mujeres a la vez. Cuando las convence, las chicas se van de su casa por propia voluntad: un argumento que, jurídicamente, equivale a una “fuga del hogar” e impide hablar de secuestro. Una vez que la víctima llega a destino, es vendida a una whiskería por un monto que oscila entre los 700 y los 1000 dólares. Si la chica insiste con querer irse o no querer trabajar, la desnudan, y la llevan a un “chanchito”: un receptáculo donde sólo se puede entrar de pie, y donde las chicas rebeldes son encerradas hasta que entiendan la importancia de ser mansas. A veces, ni siquiera hace falta encerrarlas.

—Si las mujeres tienen hijos, sus captores muchas veces les muestran fotos y videos de los niños –cuenta Tobar-. Les dicen: “Mirá cómo está saliendo del colegio. Mirá a qué hora entra, quién la lleva, quién la trae, cómo juega con la amiguita. Mirálo en la vereda, mirá qué fácil, mirá qué cerca le sacamos la foto”. Así de tremendo. Y yo creo que eso están haciendo con Marita. Por eso ella, si es que está viva, no debe querer ni escaparse.

Tobar cree que hay tres grandes destinos para Marita. Puede estar muerta. Puede estar viva. O puede estar irrecuperable: después de cinco años, especula Tobar, Marita quizás esté psíquicamente doblegada, adicta a las drogas y con la moral tan baja que no pueda enfrentarse a la prensa, a la sociedad y a la idea de que, si ella abre la boca, le puedan hacer algún daño a su hija.

—Hay un gran peso sobre esta chica, y tal vez ella no pueda soportarlo. Es una personita de mucho valor, Marita Verón. Es un símbolo de muchas cosas.

Tobar se queda respirando en silencio, y luego hace una mueca de disgusto. Cuenta, finalmente, que hubo un día en el que Marita casi fue liberada. Pero se le escapó. Tobar había viajado a La Rioja con una orden de allanamiento en la whiskería El Desafío, pero extrañamente, minutos antes de que él llegara, un auto huyó con tres hombres y una chica. Esta fuga es el principal motivo de discusión entre Tobar y Trimarco: ella no le perdona que, habiendo estado él tan cerca, el operativo haya fallado.

—Sacaron a Marita Verón delante de mi nariz. Alguien de la justicia riojana les ha avisado de la orden de allanamiento, y ellos decidieron llevársela- admite Tobar. Y agrega que la mayor complicación que tienen los captores con Marita es que no saben qué hacer con ella. Si la matan, las personas que ya están procesadas en la causa, que son veintisiete, deberían cumplir condena ya no por secuestro, sino por homicidio. Y si la liberan también es un problema.

—Susana ya es conocida en todo el país, la gente confía más en ella que en nosotros, y eso a Marita no sé si la favorece –explica Tobar-. Los captores deben saber que, si la liberan, Marita no se va a quedar callada y va a dar nombres.

***

Uno de los últimos logros de Trimarco fue Jessica Cativa, una chica de 20 años que estuvo retenida en un burdel y que fue liberada por sus propios secuestradores luego de que su familia, cansada de pedir ayuda a la policía, recurriera a Trimarco. Para llegar hasta Jessica hay que cruzar un basural, una vía, y una tierra atravesada por infinitas estrías de agua inmunda. Abajo, el vaho cloacal lo inunda todo. Arriba, la noche está empezando y se abre un cielo escandalosamente azul. La luna está limpia, se escucha un chamamé. Jessica ceba un mate bajo un tinglado de chapa, y cuenta, sin ganas de contar mucho, que estuvo cuatro días en un prostíbulo. Como se negó a trabajar, la encerraron en un cuarto, la durmieron con pastillas, y para cuando despertó estaba sin ropa. La misma noche del secuestro su madre empezó a buscar respuestas: fue a la Policía y fue a Tribunales. Como nadie la tomaba en serio –“se debe haber escapado de su casa”, le decían- consiguió el teléfono de Susana Trimarco, a quien ya conocía de la televisión. Luego de que Trimarco pateara algunas puertas, y las pateara en serio, Jessica fue liberada en las afueras de Tucumán. Días después, un peritaje revelaría que la violaron varias veces, y el testimonio de Jessica sería incorporado a la causa de Marita Verón.

Desde entonces Jessica vive, sin custodia policial, en la misma casa donde nació: dos dormitorios de chapa, un olor fétido, y un vecindario que la trata como a una mentirosa. Todos piensan que ella no fue secuestrada, sino que se escapó con un hombre. Y nadie quiere escuchar que a Jessica, desde hace unos meses, la están amenazando: le exigen que retire el testimonio de la causa.

—Hace tres días, tres tipos me esperaron a la salida del colegio, me metieron en un auto y me dijeron que si no me callaba me iban a cagar a golpes. Necesito hablar urgente con la señora Susana: ella va a creerme -dice Jessica.

Dice y llora.

Al día siguiente Jessica llega a la casa de Trimarco, pero la empleada doméstica dice que salió a hacer trámites. Jessica se sienta en el living a esperarla, hasta que media hora más tarde, desde la calle, se escucha una voz que grita y se acerca. Trimarco tiene el móvil en la mano y entra al living con fuerza de rompiente. Lleva el pelo arreglado, pestañas con rimel, piel humectada, y un perfume que lo cubre todo.

—¡Ustedes son unos vagos, sinvergüenzas, descarados y payasos! ¿Cómo me van a decir que se rompió el auto de la custodia? ¡Entonces me traen otro! ¡Mentirosos! ¡Caraduras! Apenas tenga yo mi Fundación no piso más esta maldita casa de gobierno y no le quiero ver la cara a ninguno de los mafiosos que trabajan con usté.

Del otro lado de la línea está el ministro de Justicia de la provincia. Mientras le grita, Susana mira a Jessica, guiña un ojo, y sonríe como si toda la escena fuera un gag. Luego corta, maldice un par de veces más, cuenta que le van a poner un auto nuevo, y cambia de humor con la velocidad con que alguien cambia de sombrero. Su cara ahora se relaja. Abraza a Jessica con una ternura que, de golpe, parece desintegrarlo todo.

Ahora ninguna de las dos habla, pero Jessica llora en su hombro.

—Chiquita –dice Trimarco-. Chiquita.

Son las doce del mediodía y la casa, al fin, queda hundida en un silencio de provincia: los potus cuelgan, el patio está vacío, el piano está cerrado y la felicidad de las fotos tiene la misma lejanía de una portada de revista. Segundos después, Micaela llega con el uniforme puesto y le pide a su abuela, una vez más, que le arregle el cabello.

Ella acepta y la peina con la boca apretada; quizás intenta contener el llanto. La nariz de Trimarco tiene orificios grandes y oscuros. Dos cuevas que se achican y se ensanchan de un modo casi rítmico, como si marcaran el paso de una danza dolorosa y extraña.


* Este texto salió inicialmente en la revista Gatopardo, y luego fue publicado en Historia de una mujer bomba y otros relatos, antología de crónica de la Universidad Adolfo Ibáñez de Chile.

lunes, 30 de enero de 2012

Flecha

"Tensa el arco al máximo mientras escribes y después suéltalo de un solo golpe y ve a beber vino con los amigos. La flecha ya anda por el aire, y se clavará o no se clavará en el blanco; sólo los imbéciles pueden pretender modificar su trayectoria o correr detrás de ella para darle empujones suplementarios con vistas a la eternidad y a las ediciones internacionales”.

Clarice Lispector, hermosa como siempre.

viernes, 27 de enero de 2012

Alguien tiene que morir*



Luego de la discusión Julia tomó la bolsa de dormir y se fue al balcón. No fue un gesto teatral: fue una operación práctica. Juntó algunas cosas -llaves, cigarrillos, celular, el palo de la escoba-, sacó la bolsa del placard y cruzó el salón con los brazos cargados.

Al principio Diego no se movió. Estaba arrumbado en un sillón; tenía la mirada fija en una vela encendida. Pero una vez a la intemperie Julia cerró el ventanal y lo trabó con el palo. Fue una acción rápida y brusca que sacó a Diego del trance. Él se había quedado adentro.

—¿Qué hacés? –Se puso de pie. Golpeó el cristal-. ¡Julia!

Ella no respondió. Se dedicó a desenrollar la bolsa con detenimiento. Atrás del vidrio, la voz de Diego era una invocación ahogada y llena de palabras como “abrí”, “hablemos”, “calor” y “no es para tanto”, pero nada parecía llegar al otro lado. Julia hizo un pequeño gesto de desprecio con la mano –como si las palabras fueran moscas- y luego tomó el celular y le alumbró la cara con malicia: era su marido, sí. Y se estaba asfixiando.

Giró sobre sí misma. De cara a la ciudad prendió un cigarrillo. Era una noche negra. Medio Buenos Aires estaba sin luz y todos parecían presos en una cárcel sin bordes. Recordó un libro de la infancia. Todavía lo guardaba en la biblioteca del living. (“Para cuando tenga hijos”, decía. Pero ese es otro tema). El libro se llamaba Había una vez un pueblo y contaba la historia de una aldea devenida en gran metrópolis, en la que el sol –cansado de las opulencias del progreso- se iba para siempre y dejaba a los vecinos en una oscuridad mortuoria. La parte inolvidable de ese cuento era un dibujo: hacia el final, cientos de personas rompían los techos de los edificios en una enardecida búsqueda de oxígeno y luz.

Así, como en aquella historia, estaban todos esa noche: cuarenta grados y un aire duro como una pared.

—¡¿¿Te llevaste las llaves??!

A espaldas de Julia, Diego iba enterándose de cómo eran las cosas. Ella tragó el humo. Habló. Las palabras le salieron grises.

— Mi abuelo tenía unos binoculares –dijo-. Los llevaba a las carreras de caballos. Cuando iba de visita yo los usaba para mirar desde el balcón. Quería encontrar gente desnuda, novios besándose. Era chica. Sobrevaluaba la vida de pareja.

—¿Qué?

Él no escuchaba. Hacía esfuerzos pero el cristal era grueso y estaba empezando a empañarse. Diego tenía la piel brillante y salitre, las sienes mojadas. Pronto se quitó la remera y se limpió el sudor.

—Julia, mirame –golpeó el vidrio-: ¡Soy yo! Todo va a estar bien.

Julia soltó una carcajada.

—“No te suicides, soy yo”, sos patético, parecés un gato rascando la puerta de entrada –dio la vuelta y miró-. Ay, Diego... ¿Tenés calor? ¿Viste que teníamos que comprar todo externo? ¿Querés que te abra? ¿Y si no te abro? –aplastó la colilla con el pie descalzo-. Alguien tiene que morir, Diego. Hoy te mataría. Por eso me encierro. O te encierro, no sé… –volvió a darle la espalda-. Puntos de vista.

—¡Julia!!!!

Después de gritar “Julia”, Diego escupió una lista de palabras lacerantes que ya no parecían hacer daño. Era un francotirador a ciegas. Cuando lo entendió, calló. Se deslizó hasta el piso y todo quedó en silencio.

La ciudad era un pozo. Sólo se oía el ruido de los autos y los perros, pero el resto de las cosas parecía aplastado por el espesor infame de los aires de enero. Julia recorrió el paisaje con la vista. No había familias frente al televisor, no había bebés, no había cenas románticas: no había nada. Todas las casillas del mundo doméstico se habían fundido a negro y sólo quedaban las horas largas, la vida irrespirable.

—Che, Diego –golpeó el cristal con el pie-. ¿Tenés idea de cuántas familias sobreviven a un corte de luz?

Diego no contestó. Julia tampoco esperó respuesta. Sólo se reclinó sobre la baranda y se dispuso a seguir mirando. En el balcón de enfrente, oscura sobre un fondo oscuro, distinguió –en algún momento- la silueta de una niña. A la altura de los ojos, el brillo de un binocular hizo la única luz de la noche.




* Publicado en Clarín, enero de 2012